La armadura le
quedó grande
Situados en plena celebración de otra semana de la ciudad, de
cara al 439 cumpleaños de Córdoba, es evidente que al “heredero” de aquel
Jerónimo Luis de Cabrera le queda muy grande la armadura. Para colmo de males y
cartón lleno, no vivimos en el Principado de Mónaco donde se puede simplemente
gobernar con el apellido. Podemos convenir en los aciertos y desaciertos de
Ramón Bautista Mestre y sus equipos técnicos, pero el actual Mestre intendente
parece estar refundando otra administración para el padecimiento de los
ciudadanos. Convirtiendo la expectativa en otro “municipio digital” de la
decepción. Es una verdadera pena trazar ésta panorámica en la fecha que nos
embarga, pues si en medio del festejo rompemos la piñata, lo único que va a
caer son verdaderos azotes sobre los vecinos de mi ciudad:
Ante el calor de un verano descomunal estrenamos el año con un
impuestazo sofocante. Mientras esperábamos “que el colectivo pase”, sufríamos
otro aumento asfixiante del boleto y la inquietante promesa de la privatización
de la Tamse. Al momento en que miles de cordobeses solicitan una solución al
tratamiento de los residuos, el municipio responde con una oscura adjudicación
del negocio de la basura que aún esconde debajo de la alfombra. Al tiempo que
los vecinos demandan luz y transparencia en una ciudad oscurecida, se le
propone discriminatorios intentos de obra pública por contribución voluntaria.
Cuando la gente reclama por mayor atención médica, el municipio se desentiende
de la salud pública, hasta el punto de echar al abandono el emblemático
Hospital de Urgencias y deshacerse del flamante Hospital del Sur. Privatiza los
problemas y necesidades sociales, la cultura y lleva a cabo con torpeza otras
medidas regresivas en el momento en que los argentinos comenzamos a padecer el
peso de una crisis inédita en esta última década. Pareciera que el Estado
municipal no quiere solidarizarse más allá de lo que le vienen en gana a los
privados.
Quienes me conocen, saben de mi imposibilidad de callar la
crítica y la denuncia, pero también deben reconocer mi silencio ante la
expectativa despertada por la nueva administración. Sin embargo, quienes
votaron pensando en Ramón, se encontraron en realidad con Ramoncito, en una aciaga
circunstancia en la que sólo desde una profunda inmadurez se puede pensar que
las remanidas recetas de un neoliberalismo tardío pueden representar un camino
de solución para los problemas de Córdoba. Peor aún, en el momento que
transitamos, con un Estado que ya muestra signos de fragilidad, justo en el
momento en que se reclama un Estado presente, ordenador y equilibrante.
Nos habíamos mantenido a un costado de las críticas para hacer gala de una mesura que nos
reclaman. Pero hoy no podemos mantenernos al margen de una situación complicada
-escenario que no escapa a las generales de la provincia-. Y porque en este
contexto enmarañado también se agrega el principio de distintos comunicadores
de “no preguntar” a las autoridades, de blindar la figura de los mandatarios
locales, y ubicar a los cordobeses en una ciudad que no es la que viven. Por el
contario, se ha ensayado también el perfil de una narrativa que remeda el
relato presidencial, la gesta de una ciudad que está en marcha, pero hacia la
calamidad. A través de sendos aparatos publicitarios y del ineludible
protagonismo de algunos niveles mediáticos.
Por eso siento que es erróneo y patético ese martillo mediático
de la frase “hace 12 años que en esta ciudad no hace esto, ni aquello”. Absurdo
porque debimos hacernos cargo de una Córdoba derrumbada por la gestión de
Germán Kammerath. Y porque entre aquella situación devastadora y la ausencia
atroz de Daniel Giacomino nos plantamos nosotros, que además de ética y
transparencia, reconstruimos sin dinero y con mucha imaginación la ciudad
arrasada y vuelta a arrasar.
Me siento un tanto inoportuno, en este nuevo cumpleaños de la
ciudad, al abordar la misión de pinchar los globos de la fiesta mestrista,
incluso en la obligación de enumerar nuestros logros de gestión. Pero a la vez
me reconforta la certeza que los vecinos de Córdoba todavía aprecian nuestro
esfuerzo y lucha por la ciudad. Eso destila cualquier mal trago del presente y
me renueva la confianza. Y así como el tiempo nos ubica en la verdad, debemos
esperar con fe la perspectiva del porvenir, que seguramente determinará que
nuestra armadura calce al cuerpo con justicia.
