F Pido la Palabra: Linchar no es hacer Justicia

viernes, 4 de abril de 2014

Linchar no es hacer Justicia

Hay que reformar el Código Penal

Con una repetición mediática que alimenta el miedo y el temor de los ciudadanos que padecen la inseguridad como un flagelo cierto, se ha desatado en la sociedad argentina un desesperado comportamiento que lleva a vecinos hartos de ser “golpeados” sin recibir respuesta alguna, a intentar hacer Justicia por mano propia.
Advertencias de este tipo pasaron a ser realidad. 
Esta preocupante realidad que ha popularizado al “linchamiento” como la herramienta que el Estado no procura, es obra entre otras causas de la irresponsable actitud de algunos políticos cegadas por la avaricia electoral que especulan demagógicamente con el temor afirmando que la reforma del Código Penal  habrá de “liberar” a montones de delincuentes,  en tanto otros sin ponerse colorados manifiestan haber recuperado la tranquilidad porque su hija “se ha ido a otro país” o se suman a la ola de terror apuntando que “si salís a la calle te matan”. Multiplicadas por los medios, estas aseveraciones provocan psicosis.
Romano evitó el linchamiento. El presunto ladrón quedó libre en horas.
A este caos también aportan Jueces ciegos o malintencionados, fiscales perezosos con decisiones vacilaciones y decisiones fallidas, aumentando con sus enredos el escándalo mediático. Lo de Gerardo Romano, comportamiento de un valor  cívico sorprendente, es una demostración innegable: arriesgó su vida, atrapó al presunto delincuente, lo entregó a la policía, asistió a las víctimas, puso la cara dando explicaciones y en menos de veinticuatro horas el sospechoso estaba en libertad. En el medio de la furia social que desatan los arrebatos, salideras, robos y el delito en su conjunto, esto -la impunidad- es echar nafta sobre el fuego.
Y no se necesitan incendiarios ni bomberos, sino actitudes prudentes que nos devuelvan el orden y entonces sea posible discutir el Código Penal que necesitamos, intacto en su cuerpo desde 1923 y tantas veces corregido con agregados y fallos que han sentado jurisprudencia que resulta inútil por anacrónico. El linchamiento, esto es la ejecución sin proceso legal por parte de una multitud, a un sospechoso o a un reo, no es la salida. Al comportamiento del ladrón lo estamos atacando atropellando la Ley.  Y este error social, no puede ser admitido, alentado y mucho menos utilizado para sacar ventajas en las urnas.  
Por supuesto que en este humor social crece el odio hacia los jóvenes que arriba de una moto que circulan sin patente. En este caldo se hace fuerte la rabia a “los portadores de rostros”, a los extraños que merodean, a los pordioseros que deambulan las ciudades. A esos de “otros países”.  Todo se mezcló hasta cortar las redes de la malla social que solo la tolerancia y la justicia social, deteriorando la razón de ser de un Estado que sólo con paciencia y mucha sabiduría podremos restaurar en su rol de asegurar el bienestar ciudadano.  
Este Gobierno que manifiesta  bregar por la inclusión social y lo manipula como un logro en ciernes lleva diez años, con resultados a la vista, que generan desaliento. Los motochorros que han sido pateados sin piedad tienen entre 18 y 25 años. El pibe que murió en Rosario como consecuencia de la paliza recibida tenía ocho años cuando el “modelo” que se resquebraja puso sus pies en el Estado. Para él, nada cambio. Nació marginado, vivió marginalmente y así murió.  A estos se los persigue y la persecución, o los justificativos, no alcanza. Tampoco alcanza para echarles mano desde la Justicia a los ladrones de guante blanco o a los funcionarios deshonestos. Tal vez a los que inventaron CBI Cordubensis, la mesa de dinero que con notorios hombres públicos al frente movía y lavaba millones de pesos, nunca los persiguieron, no han ido a parar a la cárcel y nadie los molió a patadas porque no andaban en moto.  
Es deber de los gobiernos brindar seguridad. Cuidar a su gente con las mejores herramientas y los hombres más capaces. Es deber de los gobiernos espantar la inflación, la falta de trabajo y la desigualdad, otorgando presupuestos adecuados a la educación, recuperando la Justicia. Finalmente quiero dejar en claro que no tengo duda alguna que es impostergable reformar el Código Penal desde un elevado grado de consenso para que la igualdad ante la Ley resulte un hecho cierto.