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| La explosión del gasoducto de Pilar trajo más oscuridad y luto. |
Corrupción y
descontrol
Transcurrido el fin de semana la tragedia en Pilar
sigue siendo noticia. Los medios de comunicación se han ocupado del tema y
seguirán ocupándose en los próximos días. Una familia está de luto y otras
aguardan la recuperación de sus seres queridos. Los habitantes de siete
localidades esperan la restitución del servicio y numerosas plantas
industriales se ven impedidas de trabajar. Todo será así hasta que el olvido
venza a la memoria y como en Cromañón, en el accidente ferroviario de Once o en
Rio Tercero el paso del tiempo atenúe el dolor y la bronca.
La central Pilar, está vez de la manera más
impensada, volvió a ser noticia y no por casualidad. La ausencia del Estado en
sus responsabilidades de control es una realidad constante y allí están las
consecuencias.
Un año atrás en Rosario, más precisamente el 6 de
agosto, un edificio volaba por los aires sembrando dolor y muerte. El hecho
movilizó el espanto y con apuro se dispararon los controles. Desde entonces
siete edificios públicos de Córdoba, entre ellos escuelas, guarderías, centros
de atención de prematuros y hospitales, carecen de gas natural porque sus
instalaciones no fueron en tiempo y forma debidamente controladas, por lo que no
estaban en condiciones de ser utilizadas.
Curiosamente, este gobierno, responsable de esa
morosidad, frente a lo ocurrido con el ducto de traslado de TNG que abastece a
la Central del Bicentenario, se sacó las hormigas del hombro y cargó contra la
nación buscando réditos en su pulseada.
Es increíble pero el delasotismo pretende
interpelar en Diputados de la Nación a la Secretaría de Energía de la Nación,
cuando en Córdoba niega a la oposición conocer qué pasa, por caso, con el
Edificio del Pablo Pizzurno, complejo edilicio en el que funcionan ministerios
sensibles como Desarrollo Social y Salud, todavía privados de gas natural.
Pero volvamos a la Central de Pilar, signada por la
corrupción y la oscuridad, ahora inmersa en un capítulo trágico. Hemos denunciado con
documentación, y hasta el cansancio, hechos irregulares que hicieron de una
obra energética un ícono de la corrupción. Sobreprecios, deudas millonarias
intereses usurarios, combustible adulterados y otras yerbas, componen un cúmulo
de situaciones que generan vergüenza e impotencia.
La explosión del gasoducto ocurrida el viernes a
media mañana provocándole la muerte a una persona que de pura casualidad pasaba
en ese luctuoso momento por el lugar, pudo y debió haberse evitado. Si no lo
fue, es porque primó la negligencia.
Sabemos que la corrupción mata. Nadie en su sano
juicio podrá decir que la explosión de un caño que transporta gas al por mayor
puede ser producto de la casualidad. Hubo una falla grave y deberá la justicia,
provincial o nacional, estar a la altura de las circunstancias para poner
blanco sobre negro. Los responsables deberán ser individualizados y responder
por sus actos. Las víctimas, los trabajadores de la Central Bicentenario, el
pueblo de Pilar y los ciudadanos de Córdoba merecemos respuestas ajenas a la
especulación berreta de quienes se pasan la pelota, se sacan el lazo y miran
para otro lado escondiendo sus vicios.
Con su historia La Central del Bicentenario dejó de
ser un simple dolor de cabeza. La corrupción es epidemia y quienes deberían
enfrentarla se distraen en campañas cargadas de banalidad y ambición personal.
