Conocimiento, no
consignas
Por ser egresado de la Universidad Nacional de Córdoba camino con
júbilo la celebración de sus cuatrocientos años, cuatricentenario que en
realidad cobrará certeza en 1623, año en el que el Papa Gregorio XV extendiera a
los jesuitas la habilitación universitaria, sosteniendo de ese modo el fuerte
impulso económico y productivo de la región. Hoy en verdad se cumplen cuatro
siglos desde que el Obispo Fernando de Trejo y Sanabria cediera las tierras que
ocuparía de por vida la nuestra querida casa de altos estudios y concediera un
aporte económico para el sostenimiento del Colegio Mayor.
De todos modos, cualquiera sea la fecha, no puedo dejar de emocionarme
cuando tomo conciencia del valor que tuvo en mi vida haber recibido en los
claustros de la Facultad de Derecho y Ciencias Social mi título de abogado
(para muchos Doctor, aunque resulte un exceso).
Ni que decir cuando asumo la disparidad de criterios que distinguieron
a mis compañeros de camada, con muchos de quienes compartí sueños, con otros
discutí concepciones y con otros simplemente forjé una relación de respeto y
tolerancia por sobre las diferencias, fruto de esa pluralidad que ha distinguido la vida de la
Universidad Nacional de Córdoba, madre de luchadores que hasta pagaron con sus
vidas las ideas que levantaron como bandera.
Desde mi posición de observación, nacional, popular y comprometido con
las necesidades de las mayorías, de los postergados, la Universidad de Córdoba
puesta por la historia por sobre “las” universidades, retiene en su haber un
cheque impago que la una de verdad y generosamente a la construcción de una
sociedad para todos. Y aunque la deuda exista, sería de necios negar que en los últimos años una insinuación
de apertura está presente. Pero aun reconociendo los cambios ocurridos, la
Universidad Nacional de Córdoba sigue siendo más un peldaño de lustre que
posibilita las realizaciones individuales, en lo social, en lo económico y en
lo político, que un verdadero motor de transformación.
Sigue siendo entonces un enorme desafío romper con el pasado para ubicar
a la Reforma del 18 en su sitial reformista, casi enunciativo; aceptar que fue
después del 45 cuando por el ingreso de los hijos de obreros la universidad
obtuvo carácter popular, aportando un incalculable valor intelectual a la
Córdoba industrial; que en el 55 con la Libertadora sus estrados fueron ganados
por el liberalismo; que el Cordobazo del 69 la tuvo por protagonista y que estacionada en los setenta poco y muy
despacio ha evolucionado en su compromiso. Hay que decirlo sin dar vueltas: la
sociedad del presente necesita de una universidad militante, aplicada a sentar
las bases del futuro de la Nación, repleta de sabiduría y superadora de la
lucha de consignas.
Transitar un camino cierto en la búsqueda del conocimiento, si es que
de verdad usamos la crítica de lo existente para poder avanzar, es ir por las
respuestas necesarias hasta superar el orden y el modelo establecido.
Esta determinación debe ponernos al frente de la búsqueda, dejando
atrás para siempre la universidad de elites. Es esa la universidad Emprendedora, que sin
dejar de ser masiva, atiende y responde a las necesidades de la sociedad.
Este salto hacia adelante debe producirse desde el compromiso
político, con integración, sin sectarismos; difiriendo las ambiciones para
meternos en la búsqueda de una rentabilidad social que le de recursos a la
Universidad y beneficios a la comunidad en el mejoramiento de la calidad de
vida. Para algunos este paso resulta
temerario, llevando la idea a un punto en el que consideran que es esa la no
deseada Universidad Empresa para caer en la Universidad como Fábrica de
Conocimientos, desligada de la pelea diaria por ser Nación o no ser.
Tal cual están las cosas la investigación universitaria tiende a ser
investigación para el mercado y la formación al igual que la labor de investigación
resultan de laboratorio, despegando los pies de la tierra. La superación llega
si alcanzamos una universidad “militante” en lo social, formadora de individuos
con compromiso, gestora de políticas que sirvan a los distintos niveles del Estado.
Si partimos de esta idea deberemos convenir que la información sola ya
no construye poder a menos que tenga la forma justa en el momento justo. Los
gobiernos y los hacedores de políticas públicas a menudo se sienten impulsados
a aprovechar el momento porque las fuerzas sociales y políticas apropiadas se
han alineado o porque una crisis los obliga a actuar. Actúan con rapidez y
toman decisiones basadas en la información disponible, que no siempre conduce a
la política pública más aconsejable. Hoy la Universidad pública no puede ni
debe incurrir en este error, resultando inevitable y necesario que actúe y
trabaje por encima del color de cada gobierno.
En este marco, bajo estas
premisas, queremos reconocer a la Universidad Nacional por su trayectoria y es
por ello que he sido impulsor de los
actos que en el Cuarto Centenario de la Universidad Nacional de Córdoba se
llevarán a cabo el martes 4 de junio, a las 17 horas, en el Salón Azul del
Congreso de la Nación.
